11 may. 2011

Un trozo de universo que no nota el paso del tiempo.

Para las vacaciones de Semana Santa fuimos un par de días al pueblo. Allí todo tiene como una luz especial, es un ambiente distinto.

















Hacía varios años que sólo subíamos para navidad así que decidimos para ir y aprovechar para pasear por las calles sin morir congelados en el intento. Se me hizo raro poder salir a la calle sin mil capas. Y disfruté paseando por las calles y visitando las tiendas a las que me llevaba mi abuela a comprar cuando era pequeña.













Tengo que confesar que lo que más me gusta hacer cuando vamos es pasear por el antiguo barrio Judío ya que es como si allí el tiempo se hubiera detenido. Cada vez que paseo por esas calles estrechas y silenciosas es como si volviera atrás en el tiempo, a cuando era pequeña y mis padres me mandaban a pasar una semana con mis abuelos. Aunque ellos vivían en otra zona, siempre le he tenido un especial cariño a ese barrio.


Pasear calle arriba, calle a bajo, una esquina en la que aún recuerdo que me caí, el sonido de las campanas, un perro que ladra, abuelos sentados en las sillas en la calle que te hablan como si te conocieran de toda la vida. El silencio procedente de la sinagoga que siempre ha estado cerrada por obras, frente a las risas de unos niños que corren tras la pelota. Calles que se iluminan a medida que el sol coge altura. Señoras que se cuentan la vida de balcón a balcón, ventanas con flores. Una moto que pasa. Y paz, mucha paz.